La Crisis nos niega el tiempo.
Hoy he ido a la Caja de Ahorros (No diremos cual). Así en principio, no parece una noticia, aunque bien mirado, éste es un ejercicio que sólo hago en vacaciones, es como ir a un museo o al Cine, vas allí y conoces gente, ves como los de siempre se han hecho más feos y viejos, o como por el contrario, los más nuevos/as, no tienen idea de nada, aunque se empeñan en disimularlo, sin conseguirlo. Alguien, la señora que iba delante de mí, de mi quinta o algo mayor, a pedido un calendario, evidentemente no tenían, las crisis y esas cosas.
¡Oh, cuantos recuerdos! Han empezado a pasar delante de mí. Las “cajas” de antes. Ibas allí de visita y salías con un motón de cosas. En Sant Jordi: Libros y Rosas, en Navidad: Calendarios, grandes, pequeños, de sobremesa, de bolsillo, agendas. Después había días especiales, en que regalaban cosas, el día de la Madre, del Padre o del Espíritu Santo, o no… creo que ese no existía, lo siento. Cuantas estanterías llenas de libros, que nunca he leído, ¡pero eran tan chulos!, ¡unas fotos! ¡Una encuadernación! Y los títulos…, te hacían parecer instruido, aunque no lo fueras ¡Cuánto papel tirado!
Pero lo del calendario, me ha llevado a la infancia, cuando en todos sitios te daban un calendario, en la tienda, en la bodega, en la panadería, todos acudían a la cita Navideña con su calendario en la mano. Era tema de tertulia en los vecinos:
- Has ido al colmado, este año dan un calendario de paisajes.
- No, todavía no he ido, pero el de la bodega, tiene unos con flores, que para el comedor, son perfectos.
- ¡ Huy, que va… a mis mueble no les “pega” ¡
- Pero, si tienes cuenta en el Banco de la esquina, aquellos, sí que son una maravilla, cada mes una foto y artísticas, muy bien hechas.
- Vale, pues me llegaré…
Así una y otra vez, la gente iba a cumulando calendarios, los había para todos los gustos y sitios. Para encima de la Tele, para la cocina, el comedor, la sala de estar, etc. …
Hoy los recuerdo con nostalgia. Era una de las actividades preferidas de mi Abuela, por estas fechas, siempre llegaba de comprar, con un calendario o dos en el capazo. Si no le gustaba la foto, sacaba los faldones y los pegaba al del calendario del Año pasado, así con todos los calendarios de la casa, hasta que todos quedaban a su gusto. Era una labor sorda y continuada, la había visto cambiar los faldones, dos y tres veces. Porque, no todos los faldones eran iguales, los había que llevaban las Lunas, otros llevaban los Santos, otros marcaban las fiestas con colores especiales, era un “sinparar”, hasta lograr la combinación perfecta. Como un concurso. En el comedor casi siempre “perdían” las fotos, ya que allí existía un paisaje maravilloso del “Fujiyama”, con el cual no se podía competir, aunque la parte de debajo de tanto sacar y poner faldones, acabo maltrecha, hecho el cual, a lo largos de los años hizo que “El fujiyama” acabase sus días en la basura.
Otro “rincón” especial era la cocina. Allí, existía permanentemente, una niña repelente, con ricitos de oro, y una sonrisa “profiden”, que te cagas ¡Me tenia arto la niña! ¿Por qué reía siempre? Aun ahora cierro los ojos y la veo, si la encontrase por la calle, la reconocería y se lo diría: Tú, eres la puñetera niña del calendario. No nos libramos de ella, ni cuando nos fuimos de Mallorca, para venirnos a vivir a Barcelona. “La niña” viajo con los muebles y evidentemente, se instaló en la cocina del nuevo piso. Un día ya un poco más mayor, debería tener 12 años a lo sumo, se lo pregunte a mi Abuela:
- Porque tienes ese calendario, siempre en la cocina, porque nunca se estropea, a pesar de los muchos cambios de faldones.
Mi Abuela, con su sonrisa, entre triste y beatífica, me respondió:
- Cuando eras pequeño, seguramente no te acuerdas – lo cual era cierto – La única forma de hacerte comer, era con este calendario, mirabas a la niña, sonreías y yo aprovechaba este momento, para ponerte la cuchara en la Boca.
¡Qué vergüenza! Creo, que me puse hasta colorado. ¡Menudo capullo! Sonreía y la astuta de mi Abuela aprovechaba el evento, para: !!! y zasca!!! endiñarme la cuchara.
De mayor he recordado, esta anécdota, y me ha dado respuestas a una incógnita: porque no me gustan las rubias, y menos con rizos, y porque siempre, me he inclinado por las morenas o castañas y con el pelo liso.
Todo eso, es lo que se pierden, o ganan, los niños de ahora. Sin calendarios, quizá no sabrán que es, el Fujiyama, o no tendrán un calendario que los haga comer. La crisis, se lo ha llevado todo, hasta el tiempo. Ahora si quieres un calendario, tienes que pagar y encima te miran mal en la papelería, en esta época de pdas, ipods, ipads, tablets y portátiles, pedir un calendario está mal visto. Los guardan en un cajón, fuera de la vista de todos y te dejan la pila en un rincón del mostrador para que escojas, alejado del resto de clientes, como si les diese vergüenza. Y la sorpresa de la dependienta, ya fue el colmo, cuando le dije que no lo envolviera, que pensaba ir con el calendario desplegado por la calle, que gracias a los calendarios, había conocido la geografía del mundo, y había comido lo suficiente, como para hacerme mayor, y sino que se lo pregunten a la “puñetera niña de los ricitos de oro”.

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